Ajuntament de Sant Andreu de la Barca
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Sant Andreu de la Barca
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Cal Estapé, a la plaça Rector Joanico. Diu Ortega: '...cuya casa propia era de las de más apariencia de la población'' .
Cal Estapé, a la plaça Rector Joanico. Diu Ortega: '...cuya casa propia era de las de más apariencia de la población'' .

Capítul LXXVII: Historia de los Estapés. Una família de bandidos y ajusticiados.

Era indudable que durante el período  de 1844, y aun antes de dicha época, existía una formidable cuadrilla de malvados, que perteneciendo a la clase de los foragidos que saben hacer el papel de hombres de bien, eran en el fondo unos ladrones de profesión que causaban el terror y espanto de todos los habitantes pacíficos de los mismos alrededores de Barcelona.
Pero era el caso que los malvados tenían las precauciones tan bien tomadas, y eran tan astutos y precavidos que no dejaban el menor rastro, de modo que era menester  poner en juego todos los resortes y poderoso medios con que cuenta el cuerpo de las Escuadras para llegar al descubrimiento de los autores de tantos robos y asesinatos.
Todos los días eran robadas las diligencias que salían de Barcelona, maltratados los viajeros y saqueados sus equipajes.
Pero al día siguiente no se veía un solo hombre sospechoso en todos aquel distrito, y parecía imposible que en el día anterior se hubiesen perpetrado crímenes tan escandalosos.
Todas las autoridades, desde el Capitán general hasta el último dependiente, estaban justamente irritados y hasta humillados en vista de su impotencia para reprimir y castigar delitos de tamaña importancia.
El activo comandante de los mozos D. José Vives, estaba en continuo movimiento, dedicándose él y los suyos al descubrimiento de aquella partida de forajidos que tantos males causaba al país, y tan apuradas tenia a todas las autoridades.
En el último coche-diligencia que había sido detenido y robado por los bandidos, viajaba un francés, al cual habían despojado de una cantidad de dinero bastante considerable, toda en monedas de oro del busto de  su nación.
Este robo había tenido lugar en primero de setiembre de 1845, y el cabo de mozos de Arbós, D. José Antonio Vidal, hoy día comandante de las Escuadras, se había informado de las circunstancias de aquel robo por relación del mismo francés y otros de los sujetos robados.
En consencuencia de estas relaciones, y de otras sospechas que él tenia ya concebidas anteriormente, sobre ciertas y determinadas personas, fijó su atención sobre estas y determinó poner en práctica un plan de investigaciones del cual se prometía muy buenos resultados.
Es el caso que el mencionado cabo hacia tiempo que sospechaba de la conducta de una familia de San Andrés de la Barca llamada Estapé.

Esta familia compuesta de ocho personas, a saber: los padre y madre Estapé, sus cuatro hijos, José, Isidro, Juan y Saturnino, y sus dos hijas Eulalia Falguera y Estapé, viuda, y Josefa Arcs y Estapé, casada, era una familia que pasaba por una de las mas acomodadas de dicho pueblo, cuya casa propia era de las de más apariencia de la población. 
Los hermanos Estapé pasaban por ricos comerciantes de ganado, frecuentaban las ferias y mercados, y teniendo establecidas muchas mesas en diferentes puntos para la venta de carnes, hacían competencia con ventaja a los que se dedicaban a esta misma industria.
A pesar de todo esto, el cabo sospechaba de tal familia, porque él y los mozos habían observado que los Estapés tenían muchas relaciones con los sujetos Tomas Esteve, Francisco Llopart, Juan Mercadé y los hermanos Suñol, sujetos todos inscritos por los mozos en su registro de la gente de vida airada y sospechosa.
Dicho cabo ya más de una vez había registrado la casa Estapé, pero siempre en vano, pues ni siquiera a los hijos de la misma había podido encontrar para interrogarles de un modo indirecto y con maña.
Él sospechaba que en la misma casa tenían una escondrijo muy disimulado, puesto que se escapaba a las investigaciones de su sagacidad y experiencia.
Así era, porque los Estapés tenían una gruta o mina practicada en lo más hondo del pozo de la casa, en donde se escondían, siempre y cuando lo creían conveniente para su propia seguridad.
Allí bajaban apoyándose en la misma cuerda del pozo, y una vez escondidos, soltaban la cuerda y todos quedaba en su lugar.
El día cinco de septiembre del propio 1845, el expresado cabo D. José Vidal entró en el pueblo de San Andrés de la Barca, a eso de las diez de la noche.
Dirigiéndose al momento a la casa del alcalde, que era hombre de bien, amigo del cabo y confidente de las Escuadras.
-Es escandaloso lo que está pasando, amigo mío, le decía el cabo. Pensar que todos los días son robados los coches y pasajeros, y siempre en los alrededores de este pueblo, es una cosa que me da mucho que pensar.
-También yo cavilo mucho sobre este particular, pero no puedo salir de mis cavilaciones.
-Francamente, estoy persuadido de que el foco de esa pandilla de malvados, existe en este mismo pueblo.
-También tengo yo mis sospechas, pero no he podido formar ninguna idea particular y determinada.
-Pues yo creo que los Estapés son el alma de todo ese infernal complot.
-Pero, ellos pasan por ricos y acomodados comerciantes y propietarios…
-No importa: hace solamente dos años que, como todos sabemos, la casa Estapé era tenida por una de las más atrasadas y llena de deudas, ¿de dónde les han venido tantas riquezas? En fin, sea como sea, yo tengo poderosos motivos para sospechar, y por consiguiente he determinado hacerles una visita impensada, auxiliado de V. como alcalde.
Pero como son tan taimados, hemos de soprenderlos sin llamara a la puerta, pues de lo contrario sucederá lo de siempre, a saber;: que después de mucho llamar, responderá la vieja, y antes no abrirá los pájaros habrán ya volado. Si me pregunta V. por donde y como, tendré que decirle que lo ignoro completamente.
-Ya sabe V. que estoy siempre dispuesto a secundar los planes de V.
-Pues bien, esperemos hasta las doce, y entonces pondremos mi plan en ejecución.
A las doce de la noche el cabo, acompañado del alcalde y los mozos, se apostaron con gran disimulo junto a la cada de los Estapé.
A las dos de la madrugada pasó un carro, dentro el cual iban unos cinco o seis hombres, al parecer pasajeros.
Así los calificó el alcalde, añadiendo que creía que eran unos trabajadores de la carretera.  
Pero el ojo experimentado del cabo pudo reconocer a uno de los viajeros llamado Sebastián Roig (a) el Herrero de Rubí, persona de pésimos antecedentes y muy amigo de los Estapés.
Desde aquel momento el cabo no dudó de que aquellos hombres se dirigían a casa de los Estapés a fin de dar algún nuevo golpe, pero que habiendo notado que la casa estaba circuida de otras personas, habían determinado pasar por alto.
Como el cabo quería asegurarse de los Estapés, dejó pasar a los otros, y para ser menos visto se arrimó a la puerta de la casa de aquellos.
Fue el caso que habiendo empujado la puerta de la calle de dicha casa, hubo de notar que no estaba más que entornada.
Tan cierto era que aquella noche debían reunirse allí otras personas amigas de la casa.
El cabo comunicó al momento esta novedad con el alcalde, y luego penetraron ambos con algunos mozos en la casa.
Todo estaba en la más completa oscuridad, pero como los mozos traen siempre consigo cerilla y fósforos, al momento fue salvado aquel inconveniente.
Subieron hasta el primer piso y entrando en el comedor, encontraron un hombre dormido, alto de estatura y de fiero semblante que tenía una mano puesta en la empuñadura de una terrible navaja de doble resorte y afilada punta.
El cabo despertó a aquel hombre sin hacer ruido y en seguida, impodiéndole silencio con una señal, lo dejó bajo la custodia de dos mozos.
Entró él entonces con otros dos mozos en el dormitorio de los tres hermanos mayores Estapé, a saber, José, Isidro y Juan, y habiéndoles despertado, dejando los mozos en la antesala del cuarto, les dijo:
-¿Cómo os habéis dormido con la puerta abierta? Pasaba por aquí, y viendo la puerta en tal estado, he subido para avisaros.
-Gracias, señor D. José, contestó Juan, estábamos algo cansados y unos por otros no hemos pensado en cerrar la puerta.
-Así será: pero el caso que habiendo encontrado en el comedor un desconocido que dormía con una navaja en la mano, pensando sin duda que éramos otros ha cantado que ha sido un contento.
-¿Y que ha dicho? Dijeron los hermanos visiblemente conmovidos.
-Que ha de haber dicho? Contestó el cabo con aquella flema y amistosa franqueza que también sabe empelar cuando lo requiere el caso, ha dicho la verdad: ¿cómo diantre os habéis fiado de un extraño?
-Nada de esto, señor cabo, porque el hombre que V. dice, es el pastor de la casa, natural del reino de Valencia, y nada puede haber dicho, porque en casa no hay ningún misterio ni nada que no pueda decirse a voz de pregonero.
-Claro está: y por lo mismo a voz de pregonero puede decirse que esta noche esperabais al infame Sebastián Roig, que con seis más debía reunirse aquí para salir juntos a dar otro golpe de los muchos que tenéis ejecutados y otras mil cosas que luego os diré. Ahora mientras os vestís yo registraré la casa.
-Vive Dios que nos será, dijeron los Estapés, levantándose de sus camas como si una víbora les hubiese picado. Para esto necesita V. del alcalde.
-¡Quietos! Replicó el cabo apuntándoles con sus dos pistolas. Ya se yo mi obligación: el alcalde está aquí.
A una señal del cabo los dos mozos de la antesala habían entrado con sus armas preparadas.
-Haced compañía a esos tres hombres mientras se visten, advirtiendo que no ha de salir del cuarto hasta nueva orden mía.
Uno de los mozos se colocó al momento de espaldas a la nunca ventada que había en el cuarto, y el toro se quedó junto a la puerta en la misma posición.
En enseguida el cabo dirigiéndose al desconocido le dijo:
-Hola amigo, con que eres Valenciano?
-Así es, pero esto nada tiene de particular.
-Es claro que no, solo que es un poco extraño que siendo de tan lejos, tengas aquí tantos amigos, sin que lo sepan tus amos.
-¿Cómo? ¿Yo tengo amigos desconocidos de mis amos?
-Así lo han dicho ellos, y lo peor es que estos amigos que tienes son unos pillos con quienes la justicia tiene muchas cuentas pendientes.
-Pero sepamos de qué amigos habla V.
-De Sebastián Roig (a) el herrero de Rubí; de los Suñols y otros que ya sabes, a los cuales esperabas esta noche para una de las acostumbradas expediciones, a cuyo objeto has dejado la puerta abierta para que tus amos nada percibiesen, según ellos me acaban de decir.
-Mienten como unos bellacos… Ellos son los que han hecho dejar la puerta abierta: ellos los que me han hecho conocer a esos amigos que V. ha nombrado: ellos los que me han hecho tomar parte en las expediciones pasadas, como la debía tomar en la de hoy. Ya que ellos han sido charlatanes e infames, que han pretendido echarlo todo contra mí, yo diré la verdad de cuanto sepa.
-Harás muy bien, pues realmente es una infamia el comprometerte de este modo. Por ahora basta: dime tan solo tu verdadero nombre.
-Yo soy Juan Bautista Pérez, natural de Chirivella, del reino de Valencia.
En esto ya se habían levantado todos los de la casa.
El cabo dirigiéndose a Eulalia Estapé, viuda de Falguera como ya hemos dicho, le dijo:
-Vamos que no dirá V. que no haya venido a verla.
-Yo me alegro, contestó la viuda que se esforzaba en representar un papel de inocencia y candor, siendo así que en el fondo era una verdadera complica de sus hermanos.
-Quiero ver lo que tenéis en la casa, para imponer silencio a ciertas malas lenguas que os acusan de cosas muy graves.
-Ya sabe que todo está a la disposición de V.
-Gracias, Eulalia, vamos pues a ello; comience V. abriendo los cajones de esa cómoda.
La viuda obedeció, y el cabo comenzó un registro de los más escrupulosos.
A poco dio con un envoltorio que pesaba bastante.
-Parece, viuda, que es V. muy rica, pues por el peso conozco que este lío contiene oro.
-Así es, pero no es mío, Es de mis hermanos que, como V. ya sabe, son comerciantes. Hoy tienen ese dinero, mañana tal vez, ya lo tendrán empleado.
-¿Y cuanto hay aquí?
-Treinta onzas.
-Vamos a contarlo.
Y el cabo junto con el alcalde contaron aquel dinero que realmente era la cantidad denunciada por la viuda.
-¡Hola!.. dijo el cabo continuando su registro, ahí tenemos otras monedas o medallas, pues no puedo conocer a que rey representan. ¿De donde ha sacado V. esas medallas o lo que sean?
-Yo se lo explicaré a V. días atrás pasó un francés, que me suplicó que le cambiase esas medallas que. Dijo, ser de oro, y yo accedí a ello.
-Y ¿cómo arreglasteis las condiciones del cambio?
-Mire V., por cada una de estas que son las de más peso, le dí tres duros, dos por esas otras y uno por esas más pequeñas.
-Vamos que no fue mal negocio, y por cierto que el tal francés seria un grandísimo necio.
-¿Oh! Y aun me dio mil gracias, replicó la viuda aparentando siempre candor y sencillez.
El cabo prosiguió su registro. Luego encontró prendas de ropa con las iniciales de otras personas, muchos cubiertos de plata nuevos, marcados también con una cifra que no era la de la familia, algunas sortijas de valor, otras de piedras falsas.
De todo esto se iba tomando un inventario a presencia de la viuda, sin que esta se inmutase como si tal cosa no pasase.
En esto los mozos que se ocupaban en registrar toda la casa, encontraron las armas de los Estapés, a saber, pistolas, navajas y puñales, con sus correspondientes municiones.
El cabo, concluido su registro, se dirigió otra vez a la estancia de los tres hermanos.
Estaban estos sentados sobre sus misas camas, demostrando en sus semblantes su tristeza y abatimiento.
-Vamos, les dijo el cabo, ya los tengo todo en mi poder. Siento debéroslo decir, pero habéis de saber que tenéis unos amigos muy falsos e infames.
-No le entendemos, D. José.
-Ello es bien sencillo: figuraos que todo lo he encontrado tal como me lo delataron vuestros amigos, todo: inclusas las monedas de oro francesas del pobre diablo de francés que iba en la diligencia que últimamente asaltasteis en el punto llamado Salt de Suñol.
-Bah!… dijeron los Estapés, en señal de no dar crédito a lo que decía el cabo.
¿Dudáis de lo que os digo? Mirad, ahí tenéis las mismas monedas: ved si son estas y si es este el pañuelo en que las tenías envueltas.
-Infames!… exclamaron los bandidos.
-Si que lo son; porque creo que ellos estaban también en los robos que habéis hecho, pero es el caso que como ellos os han delatado, temo mucho que vosotros seréis los únicos que pagaréis para todos. Para que así no suceda, no hay más que un medio.
-¿Cuál?
-El de decirme ahora mismo la parte que ellos tomaron en los robos, la cantidad que les correspondió, y en fin, todo lo que creáis que pueda servirme para confundirlos.
Pues bien: si, es verdad; ellos formaban con nosotros; ellos recogían la parte que les correspondía de lo robado, de modo que a los hermanos Suñols les tocaron cerca de treinta onzas solamente por el último robo de que V. nos acaba de hablar.
-Y a ese Pérez ¿qué parte le dabais?
-Él mismo se la tomaba, porque es muy valiente y desalmado.
-Y ¿no sabéis en donde podrá tener el dinero?
-Eso no: porque es muy ladino y callado.
-¿Y Sebastián Roig?
-Cobraba su parte como nosotros.
-Pero ¿en dónde tenéis las carabinas¿ pues aquí solo hemos encontrado vuestras pistolas y puñales.
-Nos las tiene guardadas Pedro Mártir Visaus.
-Ah!… ya: aquel sub-cabo de la ronda de seguridad pública del puesto de Martorell.
-El mismo.
-¿Y os acompañaba también en vuestras expediciones?
-Siempre que se lo permitían sus actos de servicio.
-¿Cobraba?
-Lo mismo que los demás.
-Según esto formabais una partida muy considerable. Vamos a ver si me descuido alguno.
-Tres hermanos Estapé, tres hermanos Suñols, Visaus, Roig, Juan Mercadé (a) Ros, Corbella y…
-En cuanto a los Suñols, solo formaba con nosotros Vicente y Serafín, pues el otro que se llama José no lo hemos visto.
-Está bien: así me gusta, que seáis francos y digáis la verdad.
-Pero V. nos perdonará… no es verdad?
-Oh… yo no puedo perdonaros. Ya sabéis que nosotros debemos cumplir con nuestro deber.
-¡Oh! Piedad… piedad… Se lo diremos todo y le daremos lo que V. nos pida.
-Basta ya: entrad, dijo el cabo y al momento se presentaron dos mozos. Atad a esos hombres.
Así se hizo.
Aquella misma noche fueron presos el Roig y Corbella, el primero en Rubí, el segundo en la villa de Gracia.
En cuanto a Visaus y a los hermanos Suñols lo fueron pocos días después, porque antes el cabo quiso hacer otras averiguaciones.
En fin, ocho días después todos los ladrones ya expresados estaban en poder de la justicia.
Solo quedaba en libertad el menor de los Estapés, pues era un joven de unos diez y siete años, pero los mismos presos lo delataron luego, y realmente se probó que también formaba entre la formidable cuadrilla de forajidos que tantos males y desgracias había causado.
Hemos de hacer una descripción particular del bandido Juan Mercadé (a) Ros, pues bien lo merece por sus circunstancias extraordinarias.
Tenia solo unos ocho años, cuando se presentó a una casa de campo llamada Mas den Viá, situada en el término de Santa Coloma de Cervelló. Era una tarde fría del mes de febrero. El  niño tiritaba de frío, y así en su semblante como en su araposo vestido, revelaba la miseria más espantosa.
Los compasivos habitantes del expresado Mas (casa de campo) miraron al niño con ojos de compasión. -¿Tienes padres? le dijeron.
-No: pues murieron hace cerca un año.
-¿Y tú en qué te ocupas?
-Ya lo veis: en pedir limosna.
-¿Quieres quedarte aquí?
-De muy buena gana.
-Vamos, acércate al hogar y caliéntate. Cuando te hayas repuesto por medio del descanso y alimentos, te ocuparemos  en guardar los cerdos o los pavos. Después, a medida que vayas creciendo te enseñaremos el cultivo de los campos, y podrás ser un honrado labrador.
El niño no contestaba, pero lloraba besando la mano de sus bienhechores.
Así se pasaron muchos años: el niño recogido, el pobre desvalido y desamparado se hizo hombre.
La familia lo miraba como uno de la casa, pero aquel niño tenía un mal corazón, y cuando fue hombre tuvo un alma depravada.
Púsose de acuerdo con una partida de ladrones: abrióles la puerta de la casa durante las altas horas de la noche: la familia de Viá, sorprendida en lo mejor de su apacible sueño, fue despertada por las blasfemias y amenazas de los bandidos.
Así pagó aquel infame el gran servicio, la incomparable obra de caridad que con él habían ejercido los compasivos habitantes de dicha casa.
Tal era Mercadé, tales sus antecedentes. En el acto de prenderle en Barcelona, donde últimamente vivía, en uno de los callejones de los barrios de San Pedro, se le encontraron muchísimas alhajas, dinero y prendas de ropa robadas por la cuadrilla Estapé de que formaba parte.
En la misma casa en donde fue cogido se encontraron también a las hermanas de los Estapés, Eulalia y Josefa, cómplices y encubridoras de la canalla. 
El día 26 de aquel mismo mes de setiembre, el Excmo. Sr. Capitán General de Barcelona decía al cabo D. José Vidal, hoy día comandante de las Escuadras:
-¿Sabe V., señor cabo, que estoy muy satisfecho del importantísimo servicio que V. ha prestado estos días?
-Gracias, mi general, yo no he hecho más que cumplir con mi deber.
-Pero de todos modos, el servicio es grande y de la mayor importancia. Era un escándalo lo que estaba pasando. Ver que todos los días se cometían robos y asesinatos, y que nada, absolutamente nada se podía descubrir; le aseguro a V. que esto me tenía muy irritado.
Ahora haremos un escarmiento ejemplar, y creo que quedaremos limpios de la canalla.
Pero, amigo mío, esos ladrones se habían hecho muy ricos por medio del robo, pues veo que se les han encontrado cantidades y alhajas por mucho valor.
-A pesar de todo, mi general, no se ha podido encontrar el nido de los Suñols.
Solo cinco duros creo les encontré, y esto no me deja satisfecho.
-Tal vez no tendrían más: porque como esa clase de gente es tan despilfarradora, a veces, tanto roban tanto gastan.
-¡Oh! no, mi general, porque estoy bien informado de la conducta de los Suñols, y puedo decir a V. E. Que son unos mezquinos que nunca malgastan un cuarto.
-Tal vez no participaron del reparto.
-¿Cómo no, cuándo se que solamente por el último robo recibieron unas treinta onzas…?
-Bien ¿qué le haremos?
-Hay una cosa que hacer.
-¿Cuál?
-Estos Suñols tienen otro hermano llamado José que vive en San Andrés de la Barca.
-¿Y qué quiere V. decir con esto?
-Que mi corazón me dice que dicho hermano les guarda el dinero para cuando lo pidan. Tengo indicios y sospechas para creerlo así.
-¿Y qué quisiera V. hacer?
-Irme allá, y ver si puedo lograr el que el hermano cante.
-Entonces V. mismo: tiene V. mis omnímodas facultades.
-Está bien, mi general, o yo me engaño mucho o dentro de dos días tendremos el dinero.
-Dios guíe los pasos de V., infatigable cabo, yo sabré recompensar servicios tan heroicos.

Josep Vivé, sisè comandant dels Mossos d'Esquadra.
Josep Vivé, sisè comandant dels Mossos d'Esquadra.
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